sábado, 19 de septiembre de 2015

historias de filatelia que no de Filadelfia ni de Baltimore



La filatelia era una forma de emplear el tiempo como otra cualquiera, un coleccionismo regulado, culto, si se quiere, y una buena manera de librarse de las tareas de la casa, pues Luisito no podía bajar la basura al tener que ordenar sus sellos. 

Luego pasó, que se dejaron de enviar cartas, y, esta actividad murió de inanición por la falta de editar nuevas colecciones.

Mi experiencia en este campo traduce en un nuevo fracaso. Adquirí, impulsado por la moda del momento, hace 40 años, en un establecimiento que ha sobrevivido hasta nuestros días, un puñado según consejo del experto que, protegido por un papel sedoso con el anagrama de la firma, abandoné, inmediatamente, en un cajón, sin que nuestras paralelas vidas, por mucho que se prolongaban, nunca se encontraron.

Este sobrecito ha convivido con nosotros como testigo mudo de todo cuanto se ha sucedido en la intimidad de nuestro hogar. Celebraciones con desafinados cantos de cumpleaños incluidos.

Ahora, caprichosamente, y, sin un motivo que lo justificara, ha saltado a primer plano. Y por su afloración espontanea me dirigí a la tienda, a ver que había pasado con mi inversión. 

Nada. 
Ahora no era realizable. Mis militares con traje de gala no tenían ningún valor como una metáfora de que las guerras no las hacen los ejércitos, se libran en los despachos de las multinacionales, y, en los consejos de administración.

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